• Santa Bea

Testimonio de Jorge Carmona, encargado de los jóvenes de la Parroquia


El Señor, Sevilla y 17 corazones

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;” (Colosenses 3:23).

No veo mejor manera de comenzar a narrar mi experiencia que haciendo referencia a esta cita. Hace algunas semanas, los responsables del grupo empezamos a preparar la que sería nuestra convivencia, que solemos hacer cada año; por dichos preparativos pasa elegir destino y fecha para este encuentro. Para todos resulta un “evento” atractivo en tanto que, durante un fin de semana, nos dedicamos exclusivamente a nosotros; aparcamos por unas horas nuestra labor con los más peques y pasamos a ser nosotros mismos el foco de todas las actividades que se hagan durante esos días.

Como decía, teníamos que decidir cuál era el lugar para visitar este año y qué fecha era la que mejor venía a la mayoría. Para esto último, como es previsible en grupos numerosos, hay que hacer una votación; en cuanto al destino, “se admiten sugerencias”. El resultado de la encuesta: fin de semana del 4 al 6 de noviembre; ¿destino? ¡Sevilla!

Todo cogía velocidad cuando de repente recibimos un WhatsApp de nuestro Sacerdote: “ese fin de semana en Sevilla iba a suceder un hecho histórico”… ¡y nosotros lo íbamos a vivir!


Poco a poco fuimos sabiendo más sobre lo que se estaba organizando en Sevilla, mientras, a marchas forzadas, nosotros intentábamos preparar nuestro fin de semana para poder disfrutar al máximo de todo lo que se nos ofrecía. Pues no solo era un viaje turístico, que a priori es lo que parece su mayor atractivo, sino que el Señor había puesto en nuestro camino la mejor oportunidad para convivir todos los jóvenes de nuestra Parroquia junto con Él. Sevilla se iba a vestir de procesión, el Señor del Gran Poder recorrería las calles haciendo silencio y lágrimas a su paso.

Los días previos a ese fin de semana fueron, digámoslo, de mucho ajetreo y de tener en cuenta demasiadas cosas, pero nuestro único fin era no privar a nadie de aprovechar al máximo la experiencia que se nos ponía delante.


Finalmente llegamos a Sevilla. Sábado 5 de noviembre de 2016, a eso de las 9:00 horas comenzaba nuestra marcha hacia la Catedral de Sevilla, allí esperaban para recibirnos con los brazos abiertos nuestro Sacerdote, su gran amigo -al cual estaremos siempre agradecidos por la cantidad de cosas que hizo por nosotros y lo fácil que nos hizo todo- y algunos familiares y/o amigos de nuestra Parroquia que habían decidido no perderse esa oportunidad tampoco. Quizás aquí, en este momento, una vez en la Catedral, es donde, egoístamente, me atreva reconocer que entendí que el Señor no había puesto la oportunidad en nuestro camino, sino que nos había llamado a vivirla y la había preparado para nosotros. Verdaderamente, son muchos los motivos que me hicieron verlo de esta manera, cada uno de ellos es un tesoro que guardo dentro de mí y que probablemente no quiera compartir con nadie para evitar que se puedan dañar. Todavía hoy sigo sin haber asimilado del todo lo que allí vivimos. Pero veo imágenes de esos momentos y solo puedo sonreír, emocionarme y sentirme afortunado por haber podido estar presente en tan preciado regalo. Imágenes que también recogen la belleza de la ciudad que nos acogió, pues, como se había prometido, hubo tiempo para el turismo. Y, no quiero que se me olvide, pues tuvimos la suerte también de conseguir celebrar la Eucaristía en la Iglesia de la Macarena; otro de los momentos inesperados que pudimos disfrutar.

Estoy convencido de que muchos de los que compartieron la experiencia conmigo no la podrían explicar como yo, cada uno tiene su experiencia y he ahí lo bonito de este viaje; una persona, un testimonio. Aunque si me atrevo a aventurar que la esencia de cada uno de estos testimonios es Dios.


Fue un día largo el sábado, que acabó con una reunión a eso de las 01:00 horas de la madrugada del domingo ya. Teníamos que valorar entre todos la posibilidad de acudir el día siguiente a la procesión de la imagen más representativa de la Semana Santa sevillana. Abro un paréntesis aquí para dar gracias a todos y cada uno de los jóvenes que me acompañaron en este viaje, pues todos hicieron un gran esfuerzo -a pesar del cansancio- y me tendieron una mano al ver mi ilusión por acudir a dicha procesión; todos supieron ver aquella idea que inspiraba el viaje para los responsables del grupo, que había que permitir a todos aprovechar el máximo tiempo posible en compañía del Señor. Así, el domingo a las 11:40, un poco antes seguramente, estábamos colocados frente al Ayuntamiento de Sevilla, esperando al Gran Poder. La espera y el cansancio comenzaban a pesar, pero de repente se hizo el silencio en la plaza, riguroso, y las emociones comenzaron a aflorar. Por nuestra derecha, a lo lejos, asomaba tras una nube de humo -posiblemente incienso- el Gran Poder; la música sonaba a su paso y los móviles, en alto, inmortalizaban ese hecho histórico: hacía décadas que el Señor del Gran Poder no procesionaba de día. El silencio anunciaba la llegada de la imagen en procesión a otras calles, mientras que el sonido recordaba que ya había abandonado la plaza en la que estábamos. Era el mediodía y la mayoría de los jóvenes tenían que partir de vuelta hacia Madrid, el resto nos quedábamos allí hasta el fin de la procesión. Durante la comida planeamos una ruta algo “alternativa” a través de la cual podríamos intentar acercarnos lo máximo posible para poder ver entrar en su Iglesia al Gran Poder; hubo que correr pero nos divertimos mucho y ¡lo conseguimos! No solo le vimos entrar y formar parte de la ovación que se generó tras el cierre del pórtico de dicho templo, sino que asistimos a un característico acto durante las procesiones andaluzas, frente a nosotros, con el Gran Poder parado, comenzó a escucharse una saeta; momento bello donde los haya.

La verdad, debo reconocer, que hasta aquí yo ya creía haber vivido todo de esta experiencia y me sentía pletórico viendo las caras de felicidad de los amigos que estaban conmigo en ese momento, recuerdo perfectamente y jamás podré olvidar el “abrazo a cuatro” que nos dimos tras acabar la ovación. Pero no, no creía bien, pues pocos minutos más tarde me vi, mejor dicho, nos vi (a todos los que aun seguíamos en Sevilla) corriendo con una amplia sonrisa dibujada en nuestras caras hacia la entrada lateral que nos iba a permitir el acceso a la Iglesia de la imagen que habíamos visto procesionar. Segundos más tarde allí estábamos, a los pies del paso, uniendo nuestras oraciones por todas las intenciones personales que cada uno llevábamos así como por una intención grupal que nos había unido durante todo el viaje. Una vez más no quiero pasar por alto agradecer al Padre Borja todas y cada una de las puertas que nos abrió (metafórica y literalmente hablando) en Sevilla, porque contribuyó y fue partícipe directo de todas las sonrisas y lágrimas que cubrieron nuestras caras; de corazón, ¡GRACIAS! Las cuales hago extensibles también a nuestro sacerdote, el Padre Pablo que, sin dudarlo, comenzó a implicarse en esta convivencia e hizo todo lo que estuvo a su alcance, y más, para garantizarnos una vivencia excepcional.

No obstante, el camino de vuelta y los días en casa tras el viaje, han servido para meditar todo, para reflexionar sobre lo vivido y para darme cuenta de que hemos sido unos afortunados por estar presentes en esta experiencia. Además, tal como recoge la cita que abre este escrito, sé que tenemos que seguir trabajando desde el corazón para Dios; no perdáis la oportunidad ninguno de vosotros de hacerlo también.

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