• Santa Bea

Testimonio de José Luis “Mi visita a Sevilla”

VISITA A SEVILLA



No es mi deseo tener preconcebida una valoración del viaje

que estoy a punto de realizar; así pues, me acomodo en mi asiento

del tren y reposo la cabeza en el respaldo. Trato de dejar mi mente

vacía para poder sólo recrear en mi todas y cada una de las

sensaciones que me rodearán en este viaje.

El tren inicia su marcha y la primera sensación que recibo es

“inquietud”. Pero no como desasosiego del ánimo, todo lo

contrario; sino como un estado de nerviosismo alegre y

esperanzador; un alboroto contenido de plena felicidad que se

manifiesta en una sonrisa de satisfacción espiritual.

Al llegar a Sevilla, descendemos del tren con la alegría de

deambular por una ciudad bañada perpetuamente por el sol, pero

la lluvia nos sorprende. Cae sobre nosotros sin violencia, como si

fuera una ducha que desea lavar nuestros impíos pensamientos

antes de ver al Gran Poder. Levanto mi cabeza y dejo que las

gotas resbalen por mi rostro; si ha de ser así, que así sea.

Nos dirigimos a la catedral, lugar donde ha sido llevada la

talla por unos días. Al entrar, observo que la inquietud de antes

ha desaparecido y una multiplicidad de sensaciones se agolpa en

los corazones.

Felicidad.

Felicidad de estar ahí, cerca del Gran Poder, tan cerca como

nunca se había imaginado, tan cerca como para mirarle fijamente

a los ojos, cansados, sufridos, pero esperanzadores. Ojos que

parecen decir: ven, acompáñame en mi sufrimiento, pues en la

vida no todo es alegría, también hay penas que acarrear, como

acarreo yo este madero sobre mis hombros. Y la felicidad en los

rostros se baña de emocionadas lágrimas: lágrimas de esperanza,

lágrimas de fe, lágrimas de amor, lágrimas de vida.

Paz.

Veo la paz en los ojos de quienes se han postrado ante ÉL y

han rezado; veo la paz en quienes ha descargado en sus cansados

hombros sus penas y sus desdichas. Un descanso del amargo y

agotador deambular en pensamientos fatuos. Es una paz

espiritual, una paz plena, una paz grande.

Esperanza.

La esperanza se refleja en cada uno de quienes han orado, de

quienes han pedido, de quienes han abierto sus corazones y le han

enseñado sus anhelos, sus deseos. Y la esperanza dibuja una


sonrisa en sus rostros y pinta un brillo en sus miradas. La

esperanza da fortaleza para deambular sobre los períodos de

incertidumbre. La esperanza es imperecedera, aunque el destino

sólo lo conozca Él.

De regreso a su parroquia, Jesús del Gran Poder se deja

rodear por una ingente masa de fervorosos corazones que

admiran cómo le llevan en volandas. El lento caminar mermaría

la paciencia de cualquiera, pero no desanima a millares de

devotos que quieren verle pasar.

Brutal.

Porque la admiración, la devoción, la veneración es tan

grande que no puede expresarse de otra manera. No hay

curiosidad en quienes se postran para verle, sino rendidas almas

que expresan su insignificancia.

Silencio.

Millares de feligreses, agolpados en las calles, esperan a que

llegue formando un estentóreo diálogo inconcebible de acallar.

Cuando se acerca, el silencio rompe los murmullos de las voces que

esperaban su paso. Sólo los ojos, bañados en lágrimas, que le miran

hablan, gritan: eres inmenso.

Nos marchamos dejándole acogido en su basílica, donde sus

cansados hombros esperan soportar el peso de todos aquellos que le

lloran y descargan en Él sus inquietudes, su felicidad, su paz, sus

esperanzas, su admiración y su silencio.

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