Maratón de fe, arte y alegría

Crónica de la Peregrinación a las Edades del Hombre

Faltaban al menos dos horas para que los primeros rayos de sol despuntaran en este sábado que se vislumbraba como un día luminoso. Era 23 de octubre, mitad del otoño, y el frío de la noche vencía su pugna con la tímida calidez que iría imponiéndose durante el día. Las primeras viajeras, las de Móstoles, subían al autobús con el sopor del sueño interrumpido. En Alcorcón se sumaron diez personas mayores de un Centro Municipal que no sabían muy bien quiénes eran sus alocadas compañeras de viaje. Ya en Leganés, subieron al autobús el resto de los peregrinos, y con puntualidad exquisita, a las siete y media, partimos para Sahagún, la primera etapa de nuestro viaje a la XXV Edición de las Edades del Hombre ─Lux─ celebrada este año en tres sedes: Sahagún y Carrión de Condes, además de la Catedral de Burgos, añadida a última hora por celebrar el octavo centenario de la colocación de su primera piedra. Magdalena, nuestra responsable de bus, nos puso a rezar, nos invitó a presentarnos y luego... seguimos dormidos. Pasado Adanero paramos a desayunar, y a las diez y media aparcábamos en Sahagún, pueblo del que dicen ser “centro geográfico del Camino Francés”. La paz, el frío, la luz, la piedra, la tez gastada de los peregrinos a Santiago; ya todo nos imbuía en la espiritualidad del Camino.


Nos acercamos enseguida al Santuario de la Virgen Peregrina, primer templo expositivo, donde comenzamos nuestro maratón de arte religioso: todas las obras estaban dedicadas a la Madre del Señor. El capítulo que se exponía allí era Mater Misericordiae, y en la iglesia de San Tirso, Salve Regina.



Después de un receso para tomar café e ir al baño, partimos a nuestro segundo destino, Carrión de Condes, donde llegamos a comer a un restaurante que estaba justo frente a la iglesia de Santa María del Camino. Aquí, y en la iglesia de Santiago, pudimos contemplar los capítulos Ave Maria, Tota Pulchra y Virgo Mater. Más de cien obras de arte entre los dos pueblos: Pedro Berruguete, su hijo Alonso Berruguete, Alejo de Vahía, Fernando Gallego, Diego de Siloé, Felipe Vigarny, Juan de Valmaseda, Ortiz el Viejo o Gregorio Fernández. Son los nombres egregios de la pintura y la imaginería castellanas que siempre se repiten exposición tras exposición. Charo nos guiaba incansable con el estandarte, aunque algunos no la hacían demasiado caso.



A media tarde salimos hacia Burgos. Nuestro hotel era céntrico, así que no necesitaríamos subir al autobús hasta el domingo por la tarde, para volver a Madrid. Nos acomodaron con agilidad. El primer entretenimiento fue jugar con las originales luces de led de las habitaciones, que formaban círculos concéntricos que ambientaban las estancias a gusto del huésped: azul turquesa, rojo ladrillo, rosado persa de… al final todos dejamos el ámbar de toda la vida. La iglesia de San Lesmes, un majestuoso templo gótico que se conserva con su arquitectura original, estaba a doscientos metros de nuestro hotel, así que ahí teníamos acordado unirnos a la misa de ocho de la tarde junto al resto de la feligresía. Los burgaleses: gente sólida, profunda, y todavía celosa de su fe. D. Ignacio concelebró con D. Miguel, un perseverante sacerdote nonagenario que nos habló de "los misioneros por el mundo". Era el Domund.

Después de cenar, algunos salimos a dar un paseo y ver la catedral iluminada. La ciudad, animada y festiva, brillaba en la noche del sábado. Volvimos al hotel, pero Móstoles ─ellas─ tenía ganas de aprovechar su autonomía, así que retomó rumbo a las calles de la movida. Tras un infructuoso intento de colarse en una discoteca saltando la cola, se conformaron con una copa en un pub. Sara cuidaba de su madre cuyo contento se desbordaba. Mientras tanto, nuestro sacerdote se caía, cabeza al suelo, pies al techo, al rompérsele las patas de la cama. Su madre reía sin parar al verle en semejante pose, y poco después el sacerdote bajaba en pijama a la recepción para coger la llave de otra habitación. Se dio el lujo de dormir en la suite, la única habitación en el hotel libre de huéspedes y libre también de lucecitas de colores.

El domingo amaneció perezoso, como todos. Pero a las ocho y veinte, cuando todavía en Burgos todo era quietud, nosotros esperábamos en la puerta lateral de San Lesmes. Teníamos concertada la misa en la recogida capilla de San Bartolomé, con su retablo barroco de milagros y diablillos. D. Alfonso, el párroco, fue amabilísimo con nosotros. Celebramos la Eucaristía dominical y nos fuimos a desayunar al hotel. Nos dio tiempo suficiente para bajar las maletas y partir tranquilos hacia el claustro de la Catedral, donde continuaba la exposición de las Edades. El capítulo de Burgos estaba dedicado a la construcción de las catedrales, con obras de arte del todo originales, alusivas a la arquitectura de éstas. Pero la exposición no se olvidaba de su tema principal, la figura de María, recordándonos las múltiples advocaciones marianas de tantas catedrales, como la misma de Santa María en Burgos, o de las ermitas y monasterios que jalonan la Ruta Jacobea.